Muertos sin nombre

Capilla con ataúdes de personas no identificadas en jardín funerario de Guamúchil, Sinaloa. Crédito: Luis Brito / Revista Espejo / Pie de Página

Por Rosa Eugenia García Gómez

A este país le duelen muchas circunstancias, pero entre ellas las derivadas de la inseguridad son las que generan indignación por su caracterización de violencia, tan contrastante con las filosofías de humanismo, equidad y cultura de paz que impera, por lo menos en las narrativas trasnacionales.

La nota que leí esta semana en Letra Fría gracias a la Alianza de Medios de la Red de Periodistas de a Pie acerca del panteón que harán en Sinaloa para darle destino final a 700 cuerpos de personas no identificadas me llevó a la reflexión acerca de una doble frustración: la social por la sensación de una ausencia de justicia y prevalencia de la impunidad, aunque en el discurso oficial se diga que se tomarán muestras y se continuará con la búsqueda, lo que se percibe es una salida más o menos rápida a la acumulación del resultado de una sociedad descompuesta.

Aunada a esta circunstancia surge la del rompimiento de un ritual, propio de la nuestra y todas las culturas, ése proceso simbólico del cierre del ciclo vital con la certeza y el reconocimiento de una etapa para trascender a otra. ¿Quién yace ahí?, ¿la hija o hijo de quién?, ¿a qué familia pertenecía?

Porque lo que más duele es que seguramente están por ahí personas vivas, madres, hijos que en su desazón buscan encontrar a ese miembro de su familia, aunque sea sin vida, porque ese hallazgo da la triste, pero certeza al fin, de la idea de que ya descansan y están fuera del alcance de las diversas maneras del dolor que otros son capaces de infringir.
¿Qué le pasa a una sociedad que acumula muertos sin nombre? ¿A instancias gubernamentales que usan cajas refrigeradoras de tráiler para resguardar cuerpos de personas no reclamadas, como pasó en septiembre de 2018 en Tlajomulco?

Porque el reconocimiento de la situación se da hasta que saltan las evidencias de la realidad, siempre por iniciativa de periodistas cuyas investigaciones colocan en la agenda pública hechos como lo hizo 5° Elemento Lab, con su investigación México, país de fosas, al evidenciar los hallazgos de más de 2 mil depósitos para entierros ilegales durante una década de impunidad de grupos criminales que así le daban destino final a las personas que asesinaron.

De prácticas para disolver cuerpos ya ni hablo. El pragmatismo criminal en su más terrible expresión.

Rosa Eugenia García Gómez

 

 

 

 

 

 

Coordinadora de la Licenciatura de Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara.

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