La negación de la pandemia

Por: Jesús Mendoza Zaragoza
Sacerdote de la diócesis de Acapulco

Negar la realidad ha sido, históricamente, algo recurrente. De cara a las catástrofes humanas siempre ha habido intentos por hacerlas invisibles y negarlas. Así sucedió con el negacionismo ante el Holocausto judío después de la Segunda Guerra Mundial. Otro más actual es el que niega la gravedad del cambio climático.

A lo largo de la cuarentena que estamos guardando ante la pandemia del coronavirus, han resonado también voces negacionistas que han estado generando confusión y secuelas dañinas.

El negacionismo ante la pandemia ha tomado diferentes formas y se ubica en el discurso o en la práctica, o en ambos. Está el negacionismo de carácter político, que ha intentado minimizar la gravedad devastadora de la pandemia. Los casos más visibles han sido los de Trump y Bolsonaro, aunque hay muchos más, que son negacionismos que encajan en intereses políticos, las más de las veces, perversos. En estos dos casos persiste también el negacionismo climático que patrocina fuertes intereses económicos y políticos, desde luego.

El negacionismo del capital acumulado ha predominado, tanto en la práctica como en el discurso. El lucro como motor de la economía se ha impuesto a la fuerza a base de engaños y de mentiras en las cuales el discurso económico minimiza el desastre social y el desastre ecológico y los ve simplemente como daños colaterales del desarrollo. Es el negacionismo de Salinas Pliego y de sus intereses corporativos y de quienes exigen reactivar la economía con muy graves riesgos en los tiempos de mayores contagios.

Por otra parte, está el discurso político, con sus implicaciones prácticas. Es recurrente que muchos políticos intenten vendernos la idea de que todo va bien, cuando a la gente le está yendo mal. Nos han dicho que en términos macroeconómicos hay bonanza cuando en los bolsillos no se manifiesta. Ese intento de minimizar la pobreza de las masas, expresa la inoperancia y el fracaso de las gestiones gubernamentales de quienes en lugar de reconocer sus propios fracasos, nadan de a muertito negando la gravedad de los problemas.

Estos negacionismos, que vienen desde las cúpulas políticas y económicas, suelen ser cómplices en la práctica. Para justificarse a sí mismos se prodigan de un discurso ideológico armado ex profeso.

Negar la realidad es el interés de esta ideología que, a su vez, niega la racionalidad científica y al mismo sentido común. Y construyen un entramado de justificaciones para sustentarse a sí mismos.

La negación que sostienen la tienen que apoyar en mentiras y en engaños, que tienen que propagar a través de todas las vías de las que disponen. El negacionismo es un recurso ideológico en el más peyorativo sentido de la palabra y cumple la tarea de ocultar la verdad e impedir el acceso a la realidad.

A lo largo de la pandemia del coronavirus se ha manifestado una forma más de negacionismo en la sociedad, que se ha manifestado más en la práctica y en un discurso más visceral que racional. Se está dando, prácticamente, en todos los estamentos sociales, desde la gente marcada por la extrema pobreza hasta quienes han tenido oportunidades económicas y profesionales. Si los negacionismos anteriores se han generado por intereses objetivos de carácter político y/o económicos, este es diferente. Pareciera que tiene sus raíces en la subjetividad, en las condiciones subjetivas de las personas y de los pueblos.

Si el coronavirus representa una verdad sumamente incómoda que está generando un trauma y la necesidad de cambios, la respuesta más viable es dar la espalda a esa realidad mediante la negación y la descalificación. Se han propagado tantas teorías de la conspiración y tantas maneras de explicar la pandemia que confrontan a las autoridades de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y a las autoridades sanitarias de los países a las que se les resta credibilidad.

Se da algo así como un interés en negar lo que resulta incómodo y nos quita seguridades y aquello que exige cambios de valores, de actitudes y de comportamientos. Pareciera que la mejor manera de defenderse del virus fuera negarlo porque no existe la disposición para asumir los cambios en la vida cotidiana y las transformaciones necesarias para resolver de fondo este desastre.

Un ingrediente de este negacionismo que, a mi juicio no es menor, es la gran desconfianza generalizada hacia las instituciones. Hacia todas. Desconfianza hacia la misma ONU y la OMS, hacia los gobiernos, hacia las grandes normatividades. Esto es parte de la desconfianza hacia la modernidad como cultura, como pensamiento, como norma de vida.

La modernidad, después de la caída de las grandes ideologías y utopías, de la caída del socialismo real y del fracaso del capitalismo, no tiene credibilidad. Las grandes ideas, las grandes promesas de la razón y de la ciencia no respondieron a las necesidades básicas de los pueblos de hoy, que han decidido darle la espalda. Este negacionismo tiene una cara irracional, que es un síntoma de una frustración que se ha globalizado ante las promesas incumplidas de las grandes ideas y de las grandes instituciones. Hoy, más que nunca nos sentimos frágiles, vulnerables, expuestos a las tragedias y a los desastres, pues nos quedamos a la intemperie.

Este negacionismo es completamente irracional, y puede ser premoderno o postmoderno. En ambos casos, la razón no es confiable, ni tampoco son confiables las instituciones que están estructuradas con su propia lógica y que han prescindido de otros saberes fundamentales en la vida, como los saberes populares que han sostenido la existencia de muchos pueblos marginados por la modernidad y han abandonado a los pueblos a la marginación.

Por tanto, esa incredulidad de sectores populares ante la pandemia del coronavirus y la actitud negacionista que de ella se desprende, puede ser la respuesta práctica al discurso oficial y a sus instituciones, que han estado alejados de la vida y de las necesidades de los pueblos.

El gran desafío para este negacionismo social tiene que ser la recuperación de la confianza. Si las instituciones nacidas de la racionalidad moderna no han respondido a las necesidades cotidianas de la gente y no representan sus aspiraciones, seguirán acumulando desconfianza. Se precisa la gran tarea de poner la atención en las necesidades vitales de las personas y de los pueblos para recuperar la credibilidad. Y para eso, hay que abandonar los discursos inflados de mentiras que complican tanto la vida del país.

En lo que toca a los negacionistas que se han encaramado al poder, tarde o temprano la realidad los alcanzará y quedarán en evidencia. Su desprecio a la humanidad, su pseudociencia con sus engaños inherentes, tienen sus límites. Y son vulnerables ante la afirmación de la verdad y ante el empeño por la justicia y la paz. Negando la realidad, estas estructuras de poder se contradicen porque se niegan a sí mismas, también. Y en el interior de su poder está el virus de su propia destrucción.

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